Hace poco conversamos sobre este tema en Pégate al Mediodía, de Canal 4, porque es una de las situaciones que más retan a las familias: el niño que grita, tira cosas o pega cuando algo no sale como quería. ¿Qué hacemos en ese momento?
Lo primero es cambiar la meta. El coraje es una emoción natural y necesaria. Nos avisa de que algo nos parece injusto, de que una necesidad no está atendida o de que se cruzó un límite. Nuestro trabajo no es enseñarles a no sentirlo, sino acompañarlos para que aprendan a reconocerlo, expresarlo de forma saludable y regularlo.
En Disciplina Positiva lo resumimos así: todas las emociones son válidas; no todas las conductas lo son. Puedes sentir mucho coraje. Lo que no está bien es hacer daño.
Qué pasa en el cerebro durante una rabieta
Cuando un niño, o un adulto, se desborda de coraje, la parte del cerebro que razona, planifica y controla los impulsos queda temporalmente desconectada. Por eso los sermones, las amenazas y las preguntas de «¿por qué hiciste eso?» no funcionan en pleno estallido: en ese momento no hay nadie disponible para escucharlos. Primero hay que recuperar la calma; después viene el aprendizaje.
Cinco pasos para acompañar el coraje
1. Regúlate tú primero
No podemos ofrecer una calma que no tenemos. Respira, baja el tono de voz, agáchate a su altura. Si tú también estás a punto de explotar, está bien decir: «Estoy muy molesta. Voy a respirar un momento y ahora vuelvo». Así modelas exactamente lo que quieres enseñar.
2. Conecta antes de corregir
Un niño que se siente comprendido se calma más rápido. Una mano en el hombro, un abrazo si lo acepta, o simplemente tu presencia cerca le dicen: «No estás solo con esto».
3. Ponle nombre a lo que siente
«Estás muy molesto porque se acabó el tiempo de jugar.» Nombrar la emoción ayuda a que el niño la entienda y, poco a poco, a que la pueda identificar por sí mismo. No hace falta estar de acuerdo con su conducta para validar lo que siente.
4. Ofrece un lugar para calmarse
Un rincón de la calma no es un castigo ni un lugar al que se manda al niño solo. Es un espacio que diseñan juntos, en un momento tranquilo, con cosas que le ayuden a sentirse mejor: un cojín, un libro, plastilina, música. La invitación es: «¿Quieres ir a tu rincón de la calma? ¿Quieres que te acompañe?».
5. Cuando haya calma, resuelvan juntos
Ya tranquilos, es el momento de hablar: ¿qué pasó?, ¿cómo te sentiste?, ¿qué podrías hacer la próxima vez que sientas tanto coraje? Si hubo daño, acompáñalo a repararlo: recoger lo que tiró, ofrecer una disculpa sincera o buscar una solución con el hermano. Así aprende responsabilidad sin vergüenza.
Lo que no ayuda
- Castigar la emoción: «Vete a tu cuarto hasta que se te quite».
- Minimizarla: «No es para tanto» o «deja de llorar».
- Responder al grito con otro grito.
- Premiar para que pare. Calma el momento, pero no enseña a regularse.
Las herramientas se enseñan en momentos tranquilos
Nadie aprende a nadar en medio de una tormenta. Practiquen respiraciones cuando todos están bien, lean cuentos sobre emociones, inventen juntos una lista de cosas que pueden hacer cuando sienten coraje: apretar un cojín, dibujar, saltar, pedir un abrazo. Cuando llegue el próximo episodio, esas opciones ya estarán ahí.
Acompañar el coraje con firmeza y amabilidad a la vez es una habilidad que se aprende, y también la aprendemos los adultos. En nuestro taller Educando sin premios ni castigos trabajamos estas y otras herramientas paso a paso con madres, padres y cuidadores. Consulta las próximas fechas.


